LOS COLORES DEL CRISTAL




El otoño va tiñendo de oro y barro las copas de los árboles. También de cobre y sangre. La intensidad de tonos del bosque penetra las honduras del alma, cortando la respiración de pura belleza. La condición previa: haberse quitado las gafas de sol del verano.

Siempre se ha dicho que la vida se ve según el color del cristal con que se mire. Es un dicho popular cuya verdad continuamente se olvida por su propia obviedad. Sin lugar a dudas, los cristales ahumados oscurecen la realidad que nos rodea, pero hay personas que parecen llevar continuamente gafas de sol en los ojos de la mente y del corazón. Todo lo ven negro, sucio, injusto, mortecino y nublado. A todos puede ocurrirnos lo mismo en algunos momentos del día, algún día al mes o en algunas etapas de la vida. Cuando nos pasa, estamos absolutamente convencidos de que la realidad ha cambiado de repente o de que nunca la vimos tal cual era. ¡Hasta tal punto llegamos a confundir el color del cristal con aquello que vemos! Aunque, en este caso, sería más acertado decir, con aquello que no vemos de verdad, porque lo vemos de un modo distorsionado.

A veces nos ponemos las altivas y nacaradas gafas del orgullo ofendido. El otro debe saber lo ingrato que es por no corresponder a todos nuestros desvelos, a nuestra generosidad “desinteresada“. Lo pagará con nuestro silencio y olvido.


Pero hay quien prefiere llevar las gafas arco iris para que vean sus ojos del color que cada cual prefiera. Un modo como otro de agradar a cualquier precio , traicionando el ser que se lleva dentro, bien escondido, por si a alguien no le gusta. Se vende el alma al mejor postor con un buen envoltorio.


Las gafas verdes de la envidia nos convierten en víctimas permanentes. Por mucho que tengamos, el otro siempre parece más feliz, más justamente recompensado o, simplemente, que las cosas le caen del cielo, que no tiene que esforzarse tanto por tener o mantener una pareja, una casa, un trabajo, unos hijos o una vida social gratificante.


Las gafas grises de la avaricia hacen que los recursos del mundo siempre parezcan escasos, la energía poca, los amigos raros, las emociones distantes, el espacio reducido y el horizonte nebuloso y envolvente.


El color del cristal del miedo es marrón. Las caras de los demás desvelan gestos hostiles y miradas de desaprobación. Las decisiones han de ser medidas y pesadas, porque equivocarse es tabú y salirse de “lo que debe ser” atrae la reprobación y la exclusión social.


El color de la gula es rosa. Todo está buenísimo y no hay situación terrible de la que no se pueda salir ni problema pavoroso que no se pueda solucionar. A Peter Pan todo le parece un juego y cualquier juego es divertido hasta que aparece otro más excitante. El color rosa impide ver el dolor ajeno, porque nunca se contacta con el dolor propio de haber sido un niño abandonado o no suficientemente querido.


El color de la lujuria es violeta. El mundo es intenso o no es. La vida se toma por los cuernos, como el toro, o no es vida. La acción es trepidante si todo es azul intenso como el agua de los mares del Sur. El deseo se nutre de la satisfacción inmediata y sin pedir permiso. No vaya a ser que no se lo den a uno.

Las gafas de la pereza son marfil pastel. Cualquier tono más intenso puede producir el riesgo de suscitar emociones incontenibles y punzantes deseos. Entonces hay que hacer un esfuerzo por satisfacer la necesidad adormecida. Mejor olvidarse y hacer que los demás hablen de sí, soliciten lo que quieran y ponerse a su servicio. Al menos se estará incluido en la gran sopa de gallina grupal.


Los colores, por supuesto, son metafóricos. Es posible que para alguien la envidia sea amarilla y la lujuria roja. Pero lo importante es que el color más habitual con el que se tiñe la realidad llega a impregnar la forma de ver la vida, y la vida misma, hasta constituir un carácter, que no es otra cosa que un conjunto de estrategias para contactar con el entorno, para defenderse de peligros imaginarios, para manipular la realidad según los propios deseos. Siempre el ego al servicio de una pasión dominante.

Cuando uno se despoja de cualquier tipo de gafas -y estoy seguro que ocurre muchas veces en la vida cuando ésta nos hace bajar al fondo del pozo y tocar fondo-, la Realidad se presenta desnuda, con toda su belleza y esplendor, con toda su grandiosa tragedia, con un terrible descarnamiento que normalmente evitamos por doloroso.


Pero no es necesario quedarse sin gafas de repente -no vaya a ser que nos deslumbremos-, teniendo que esperar para ello la muerte súbita de un ser cercano, el padecimiento de una enfermedad grave o el desencadenamiento de una profunda crisis existencial. Podemos practicar con gafas más ligeras: las transparentes con lentes de aumento del humor, que nos hacen ver lo grotesco y lo cómico de cualquier situación, o las ligeramente irisadas de la poesía, que nos ayudan a ver la belleza en el corazón de un guijarro o en lo efímero de una nube pasajera.


Si tenemos la suerte de disponer de gafas de todos los colores, de poder cambiarlas a nuestro antojo y de no necesitar andar todo el día con ellas puestas, la Vida se nos desvela instante a instante en todo su esplendor. Este esplendor nos incluye totalmente, al tiempo que nos invita a abandonar armas y bagajes, para fluir en la Gran Corriente que desemboca en el Mar que a todos nos espera.Alfonso Colondrón.
                                            FUENTE http://lospasosdelalma.blogspot.com/

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