Tu enfermedad como mi metamorfosis

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Tu enfermedad como mi metamorfosis: La Historia 77, Suspiros
“Quiso ser el rey del mundo y cayó por la borda. Durante horas luchó y peleó contra el mar pero siempre perdía. Vencidas sus fuerzas se dejó llevar. Posó su cuerpo cansado sobre el agua y dejó fluir.
El vaivén del mar lo mecía, y a veces fuertes corrientes le zamarreaban. Pero como los peces siempre bailaba con el agua. De día la lluvia le refrescaba, de noche cuando el frío le calaba hasta los huesos buscaba consuelo en las estrellas. Sólo había dos opciones: el cielo o la tierra.

Le acompañaban el día y la noche, la luz y la oscuridad. Cada noche cerraba los ojos por última vez y aquella mañana en el cálido lecho de la arena encontró su amanecer.”
Nazaret Martín

Dicen que un suspiro es el aire que nos sobra por esa persona que nos falta. Es un acto cotidiano que parece permitirnos desahogar el pinchazo de la tristeza, como quien deja escapar los pesos del alma intentando hallar un alivio, un consuelo fugaz cuando cuando duele demasiado. En cada bocanada de aire que dejamos escapar de forma sonora, reiniciamos el ciclo de la vida…
Cuando considero que el dolor es mío, me pierdo en mi burbuja de sufrimiento personal y me siento desconectada de la vida, aislada y sola con mi desdicha. Pero más allá de la historia personal de mi dolor, descubro que en realidad no es mi dolor.
Es el dolor del mundo, de la humanidad. Cuando siento la pérdida del amor de mi vida, la aflicción no es sólo mía, sino la de toda pareja, la de toda madre o padre, la de todo hijo. Siento por y con, cada persona que ha perdido alguien amado en lo más hondo de cada uno.
En las profundidades de lo personal, en medio de las experiencias más intensamente dolorosas e íntimamente personales, descubro la verdad impersonal de la existencia. Y en ese momento soy libre.
Nazaret no estaba más aprisionada. Ya era y estaba en todo. Días después volví a casa para vaciar los cajones del pasado. Era una noche perfecta de media luna y todas las estrellas donde me demostró su expansión. Luz suficiente para ver mis sombras, éstas sin miedo, despojadas de todo lo terrenal, flotando entre las olas. Y a su vez, oscuridad adecuada para oler el polvo de estrellas y saberse uno en el infinito.
Luz para ver las sombras, oscuridad para ver la luz…
La buscaba en las estrellas, en los meteoros, en el cosmos. Me preguntaba si no estaría en la cara oculta de la luna, vigilando que todo estuviese en equilibrio y que reinase la perfección. Supe que era todo. Era la arena que pisaba, los cometas que caían, fugaces como el batir de las alas de un colibrí. Era la ciudad, la luna, la luz, la oscuridad, el mar, la brisa. Era yo. Era todo y estaba en todo. Fundida, perfecto. No había razón de duda, ni motivo de búsqueda. Estaba aquí, era allí.
Y descansando en mí misma, sentada entre las rocas, la contemplé derramándose en tonos asalmonados. Se había transformado en el alba. Despertaba de nuevo, como todos los días. Pero ese único, irrepetible. Habrá otros, pero no ese. Me cautivaba mientras ascendía como una bola de fuego que ilumina pero no quema. Ahí estaba majestuosa, enseñándome la grandeza de ser uno y a la vez todo.
Me acompañó más adelante convertida esta vez en mariposa con alas de terciopelo y jazmín. Guiaba mis pasos con su revoloteo delante de mi alma vieja y mi cuerpo cansado. No iba sola. Le acompañaban dos pequeñas siluetas del color del amor y la renovación, nuestras mariposillas, que con el transcurrir de los metros y el tiempo se multiplicaron en decenas.
Honro las lecciones que he aprendido, todo lo que he manisfetado para mi ser gracias a ella. Ahora permito que todas las cosas sean y aprendo acerca de mi propio potencial mediante la observación de todo lo que nace y la confianza de que cada día que pasa es un día más cerca de conocerla en el otro estado. Necesito un momento para encontrar de nuevo mi lugar, para ubicarme en la realidad que espera ser vivida, que se inicia, incansable, cada día.
Vivió tan natural su muerte, como algo que no le era desconocido, doloroso o triste, que nos enseñó al resto a saber vivir la suya y la nuestra. La lección más importante que me dejó fue no tener miedo a la muerte, y como resultado de este entendimiento, ya no tengo miedo a la vida. Y es ahora cuando puedo comprender lo que es la vida misma. Porque ya sé que tengo todo lo que necesito y no preciso de nada más que me de miedo a perder de nuevo. Si no necesito nada, no temo nada. Ya perdí lo que más creía que necesitaba. Aquello que deseaba con todas mis fuerzas, que creía necesitar para sobrevivir, su curación, también lo perdí. Ella sabía que respiraría aún con su ausencia, de una forma u otra. No hay nada ni nadie que sienta que necesite y esto me conduce a la libertad más plena. Lo entendí con ella. El amor verdadero es el que deja ir, el que fluye, el que suelta y ahí no hay cabida para los apegos ni las necesidades, sino para complementariedad del uno en el otro y el enriquecimiento mutuo. Ya no busco mi dicha ni mi felicidad fuera. Ya no le entrego mi poder a otros. Ya no tengo miedo.
Nazaret no ha muerto realmente, en el sentido trágico y occidental que se le concede. Y esto fue lo primero que tuve que aceptar dentro de mi ser como una verdad del más alto orden. Nazaret está feliz pues, en su transición, conoció otra vez la libertad más elevada, el goce más grande, la verdad más maravillosa: la verdad de su propio ser y de ser uno con todo lo que es. Nazaret está conmigo ahora, incluso cuando escribo esto, porque está en mis pensamientos y una parte de ella está realmente aquí conmigo. Si estoy en calma y muy conectada al momento la puedo sentir. Si pienso en Nazaret con alegría y espíritu celebrante, mi alegría le será conocida a la esencia de ella y entonces se sentirá libre para ir hacia su próxima gran aventura, sabiendo que todo está bien conmigo. Volverá, ya lo ha hecho. Cada vez que pienso en ella. Sin embargo sus visitas serán alegres bailes en mi alma, maravillosas conexiones bien claras; breves pero brillantes momentos; sonrisas plenas. Entonces la esencia desaparecerá una vez más, contenta por el pensamiento de mi amor y de mi celebración por su vida, sintiéndose completa en su interacción conmigo, que de ningún modo se acaba aquí.
Cuando podemos celebrar la perfección, dejamos que la esencia y el alma de nuestro ser querido la celebre también, liberándola para las inenarrables maravillas de su realidad más amplia, honrando su presencia en nuestras vidas, en su antigua forma física, en este momento y para siempre.
Me gustaría darme a mí misma y a Nazaret, y a todos aquellos cuyas vidas ha sido tocadas por ambas, el regalo de mi vida: el regalo de la alegría que reemplaza la pena, del amor que supera al dolor de la pérdida, de la gratitud genuina y de la paz, por fin.
Porque, cuando el resto nos vayamos de aquí, estaremos de nuevo con todos los que han tenido un lugar en nuestro corazón y se han ido antes. Y no hemos de preocuparnos por aquellos a los que dejamos atrás, porque los veremos también, una y otra vez, y los amaremos también, una y otra vez, a través de toda la eternidad, e incluso en el momento presente. Pues no puede haber separación donde hay amor, ni espera donde solo hay ahora.
Dicen antiguas leyendas q el alma de cada uno elige cuando morirse y de qué forma una vez que han terminado de experimentar lo que vino a experimentar en su encarnación. Pero lo hacen a un nivel subconsciente a los que pocos tienen acceso. Cada alma sabe su porqué y sobre todo y más importante, su para qué. Por eso es difícil entristecerte por algo que ha sido cuidadosamente elegido y elaborado, a pesar de, a veces, no entender desde nuestra limitada consciencia la razón.
Nuestra relación nunca terminará. Ella puede estar conmigo en cualquier momento en que desee invocar su amor y su energía espiritual para ayudarme mientras continúo mi viaje, incluso mientras ella continúa el suyo. Nuestros viajes siempre estarán juntos, de la misma forma en que hemos estado juntas durante eones pasados.
Toda muerte es redentora porque toda muerte lleva a cada alma a la verdad de sí misma, a la verdad de la vida, a la verdad de Dios; cada persona que vive la muerte de alguien, se abre a esta verdad y, de esta forma puede experimentar también. Toda muerte trae su mensaje para los que dejan la tierra y para los que se quedan. Somos cada uno de nosotros los que debemos buscarlo, oírlo y ser consecuente con él. El mensaje que ella me dejó fue el regalo de mi vida, el cambio de 180 grados que hizo posible la transformación en mí.
Todavía crecemos y creceremos juntas, con los regalos de su vida como una flor de loto que se abre lentamente, pétalo a pétalo, mientras las formas de nuestras vidas se van haciendo, alimentadas por el amor de ambas.
Ahora es aquí como un holograma. Una ínfima parte de lo que en realidad se ha convertido. Su nuevo “yo” me atraviesa el cuerpo cada segundo, sin necesidad de abrazarlo porque puede llegar cuando quiera hasta el mismo fondo de lo que soy, incluso antes que yo. Conseguimos abrazarnos cuando mi densidad se ajusta a la suya y se vuelve más lábil, más sutil. Entonces es capaz de hacer vibrar las moléculas más pequeñas de las que estoy compuesta, aún no descubiertas, y me fundo en ella y en el universo; pues su abrazo me conduce a escenarios indescriptibles donde la inmensidad de lo infinito es lo único que reina. Y entonces caigo rendida a ella, a su abrazo eterno y me permito recibir toda la creación que emana de ella misma.
El amor sana. Sana nuestras almas, sana nuestras relaciones y sana incluso al planeta. Nazaret me dio ese amor y elijo compartirlo con todos.
Esta es una historia que no termina, que continúa para siempre en mi alma y en las almas de cada uno que haya leído este mensaje. Porque ella ha estado escribiendo conmigo estas palabras y, si alguna de sus enseñanzas ha llegado al fondo de tu corazón, Nazaret también lo habrá hecho. Tal vez no todas las historias de amor sean iguales, puede que algunas no tengan final. Sólo me tengo a mí, y en mí al universo donde se halla ella. Agradecida por saberla en la luz de la luna, de las estrellas y del sol que alumbra mis huellas para que mis días no sean grises ni mis noches oscuras; sonrío.

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